A mi amigo y colega, Miguel, con el que al pasar de los años (¿siglos?) aún nadie se ha puesto de acuerdo quien de los dos es el mayor genio de la literatura universal (si él o yo), en una de sus alocadas peripecias, tal vez una batalla, le dieron el apodo del “manco de Lepanto”. Los siglos pasan, pero las leyendas urbanas perduran. No se sabe (eso me lo invento yo, que los inviernos, aquí en Stratford-upon-Avon se nos hacen largos), si Miguel estuvo en la famosa batallita, lo cierto es que manco, lo que se dice manco, no se quedó, tal vez algo anquilosada, su mano izquierda.A mi amigo y colega, de cuyo nombre no quiero acordarme (otra invención de Stratford-upon-Avon), y del que nadie discute quien es el mayor genio de la literatura universal (aviso a navegantes: Galicia no esté en el universo), porque no hay color (y es él), en una de sus intrépidas peripecias, tal vez un acto de valentía, le dieron el apodo del “manco de Málaga”. Los siglos pasan, pero las leyendas urbanas perduran. Hasta ahora, se creía que las SS habían llegado en busca del Santo Grial hasta el monasterio de Montserrat. Ahora, en los albores (las ganas que tenía de utilizar la palabra) del siglo XXI la SS se ha cebado con “cuyo nombre no quiero acordarme”, y por suerte no ha habido amputación, pero se de buena tinta, que momentáneamente se lo han dejado rígido. Coin(insert)cidencias de la vida, la mano temporalmente anquilosada, es la izquierda.
A mi amigo y querido colega: Déjate de hostias y aunque sea con la mano sana (sana, sanita, culito de rana, si no sanas hoy..) escribe que esto sin ti no es esto ni es “na”.



