Y me tocó. Me puso la mano encima del brazo. Supongo que lo que me dijo a continuación debía ser importante, pero yo repetía mentalmente "sácame la mano de encima, sácame la mano de encima". Nich!… /…
El zumbido inunda la estancia, ahogando el ruido del aspirador que cuelga de mi boca. Hoy ha tocado cabeza, ella será profesional, pero noto su pecho deslizarse por mi coronilla. Es agradable. Ummm.
… /…
Dicen mi nombre, me levanto, subo un par de escalones, me acerco a la mesa, y me tiende su mano derecha, mientras me entrega el premio con la izquierda. Al estrecharnos las manos, noto su mano inerte. El premio era para un muerto. Tachan!
… /…
Se acerca, pasa muy cerca, demasiado cerca. Se para y pone su mano en mi antebrazo, dos, tres, cuatro segundos, una eternidad fugaz. Tonto de mí, entiendo esa mano, y me aparto levemente. El pasa, tras una leve mueca de agradecimiento. Su mano no está, pero sigo notándola. Buf!
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Busta Rhymes dice “Don’t touch me nigga” que es lo que le tendría que haber dicho a mi compañero de trabajo, salvando claro el color de la piel. Jim Morrisson, el de The doors nos animaba con un “Yeah!, come on, come on, come on, come on, now touch me, baby”, que se lo podía haber cantado a la dentista, pero los múltiples aparatos que en mi boca moraban me impedían tal fin. El “one more time”, de la Britney o de Duft Punk, que por el lugar, daba lo mismo, se lo tendría que haber suplicado a la mueca agradecida, pero yo deseaba un romántico “Ne me quitte pas” de Brel (momento gallina de piel). Y a la persona de la mano inerte, le dije “Gracias”, aunque tendría que haberle dicho “por mi te puedes ir al cuerno”, Soraya dixit, pero resultaba políticamente incorrecto, así que le regalé un silencioso “Hello darkness, my old friend” que ya se sabe que con Paul y Art siempre se queda bien.
