Salió del todoterreno. Realmente era cómodo. El frío viento del norte le hizo olvidar repentinamente el cansancio acumulado. La ropa de mezclilla con la que había salido de la Costa del Sol no era la apropiada. Había llegado. Estaba donde quería. Aún no sabía si era un viaje iniciático o terminal.
Todo había empezado en Málaga, casi al mediodía, embarcaba, por un “finger”. No se lo tomó como un signo premonitorio. Casi tres horas más tarde aterrizaba en Gatwick. Tenía muchas horas por delante. Cogió el tren hasta la estación Victoria de Londres y dejó la maleta en la consigna. Después de malcomer, se dirigió a Piccadilly Circus, y se sentó tranquilamente bajo la fuente de Eros, consumiendo las horas viendo el devenir de las gentes. Los turbantes asiáticos seguían llamándole la atención. Con puntualidad británica, se fue a realizar la siguiente ingesta diaria. “Malcenó”, sabía que ocurriría, pero prefirió saber lo que comía, en teoría, en el Kentucky Fried Chicken, a las sorpresas inglesas. Recuperada la maleta, se dirigió en metro hacia el aeropuerto de Heathrow, le gustaba la sensación claustrofóbica que le producía ese metro en particular. De allí, en autobús, se dirigió al sencillo hotel Ibis a dormir unas horas.
Madrugó al día siguiente. El vuelo salía poco antes de las nueve; el autobús, el tren interno y la facturación del equipaje más las medidas de seguridad adicionales llevaban su tiempo. En el Boeing 777-200ER le tocó ventanilla y la suerte de no tener compañeros de viaje. Antes del despegue, pensó en si no era una locura todo aquello. Era tarde. Un libro, “El viaje a ninguna parte”, música del Ipod y unos cuantos sudokus, más la inestimable ayuda de la tripulación, le hicieron corto el recorrido, total, ¿qué eran diez horas? Casi a la una, hora local, llegaba a Houston. El único problema era el nombre del aeropuerto, pero más tarde comprobó que era de “papá” Bush y no de su hijo. Tenía cinco horas. El mal rato que paso en inmigración, aquel control que le hizo sentirse culpable, y más cuando el fornido agente le preguntó el motivo y el destino de su visita, la respuesta que dio fue clara y sin titubear y más cuando respondió a la incrédula pregunta de “In autumn?”. El “Yes” fue seco.
Salió un momento a tomar el aire, y comprobó que la temperatura se parecía mucho a la de su tierra natal. Deambuló por el aeropuerto, buscando descubrir aquello que llaman “american way of life” aun a sabiendas que un aeropuerto es un aeropuerto. Ya no sabía si tenia que desayunar, comer o cenar, había perdido la noción alimentaria. Al pasar delante de un cartel que ponía BBQ, decidió merendar. Un “steak” de carne tejana. Mientras se lo comía se hizo un lío mental entre carne y tejanos que lo achacó al cansancio del viaje. Se fue hacia la terminal A, su categoría había cambiado, de internacional a doméstica, como si estuviese en casa. A las siete volvía a subirse a un avión, esta vez con destino a Denver, donde llegaba una hora y media más tarde. El vuelo 147 de Frontier Airlines había estado algo movido debido a las turbulencias atmosféricas pero las ansias por llegar lo mitigaban todo. En la capital del estado de Colorado, tuvo que correr, tenía media hora para la siguiente conexión. Cuando subía al pequeño bimotor de hélices, recordó como murió John, John Denver y de nuevo lo atribuyó al cansancio.
Eran las diez menos cuarto de la noche, cuando aterrizaba en el aeropuerto municipal de Cheyenne. Suspiró aliviado. Se encontró la oficina de Hertz cerrada. Suerte que había un teléfono de emergencia y tras unos minutos de difícil conversación le dijeron que un “guy” le traería las llaves y el contrato. Él tenía su spanglish que había adaptado algo para entenderse con los pedantes ingleses, en Tejas, ya le había servido, pero aquí, en el estado de Wyoming todo le sonaba a indio. También se puso en contacto con el motel donde pensaba dormir. Les comunicó que llegaría tarde, muy tarde, tenía 306 millas por delante y un solo objetivo, llegar.
Casi a las once de la noche salía con un gran Chevrolet Trailblazer, y gracias al navegador, se situaba en la interestatal 25 que no tenía que abandonar las siguientes 176 millas. Pasado el pequeño pueblo de Chugwater, paró a tomar café. Hambre no tenía. Absorto en la sola idea de llegar no se dio cuenta de las miradas que le echaron los lugareños, nada envidiables a las que había visto en múltiples películas de la “América profunda”, pero claro, donde estaba sino en lo más profundo de ella. Tras repostar, reprendió la marcha. Para entretenerse, puso la radio, no estaba habituado a la aburrida conducción de los coches automáticos, pero encontró una emisora de música country, canturreaba las canciones, aunque no las supiese y daba golpecitos con los dedos sobre el volante. Dejó atrás Wheatland, Glendo, Douglas, Glenrock y Casper, donde esbozó una tierna sonrisa. Allí abandonó la interestatal para incorporarse a la autopista 20/26 oeste. Se sintió cansado y paró a estirar las piernas. El aire era gélido. En Shoshoni sabía que ya estaba muy cerca, solo unas 30 millas. Y llegó, eran las cinco y media de la madrugada.
El motel que había escogido, el Coachman Inn, estaba cerca del centro de Thermopolis, en el condado de Hot Springs, y era justo lo que había previsto, un edificio de una sola planta. Mientras se dirigía a la recepción pensaba en la “king bed” que le esperaba. Allí, sobre el mostrador, encontró un sobre a su nombre con las llaves de la habitación 11. Se duchó, lavó los dientes y se metió en la cama. Antes de cerrar los ojos, pensó que un terapeuta creería que lo que había hecho era como una especie de viaje al vientre de su madre, pero de nuevo lo atribuyó al cansancio. Lo había hecho sobre, debajo, y encima, pero nunca, nunca dentro. Memorizó los límites del condado y cerró los ojos. En su cabezá empezó a sonar "I walk the line".
Todo había empezado en Málaga, casi al mediodía, embarcaba, por un “finger”. No se lo tomó como un signo premonitorio. Casi tres horas más tarde aterrizaba en Gatwick. Tenía muchas horas por delante. Cogió el tren hasta la estación Victoria de Londres y dejó la maleta en la consigna. Después de malcomer, se dirigió a Piccadilly Circus, y se sentó tranquilamente bajo la fuente de Eros, consumiendo las horas viendo el devenir de las gentes. Los turbantes asiáticos seguían llamándole la atención. Con puntualidad británica, se fue a realizar la siguiente ingesta diaria. “Malcenó”, sabía que ocurriría, pero prefirió saber lo que comía, en teoría, en el Kentucky Fried Chicken, a las sorpresas inglesas. Recuperada la maleta, se dirigió en metro hacia el aeropuerto de Heathrow, le gustaba la sensación claustrofóbica que le producía ese metro en particular. De allí, en autobús, se dirigió al sencillo hotel Ibis a dormir unas horas.
Madrugó al día siguiente. El vuelo salía poco antes de las nueve; el autobús, el tren interno y la facturación del equipaje más las medidas de seguridad adicionales llevaban su tiempo. En el Boeing 777-200ER le tocó ventanilla y la suerte de no tener compañeros de viaje. Antes del despegue, pensó en si no era una locura todo aquello. Era tarde. Un libro, “El viaje a ninguna parte”, música del Ipod y unos cuantos sudokus, más la inestimable ayuda de la tripulación, le hicieron corto el recorrido, total, ¿qué eran diez horas? Casi a la una, hora local, llegaba a Houston. El único problema era el nombre del aeropuerto, pero más tarde comprobó que era de “papá” Bush y no de su hijo. Tenía cinco horas. El mal rato que paso en inmigración, aquel control que le hizo sentirse culpable, y más cuando el fornido agente le preguntó el motivo y el destino de su visita, la respuesta que dio fue clara y sin titubear y más cuando respondió a la incrédula pregunta de “In autumn?”. El “Yes” fue seco.
Salió un momento a tomar el aire, y comprobó que la temperatura se parecía mucho a la de su tierra natal. Deambuló por el aeropuerto, buscando descubrir aquello que llaman “american way of life” aun a sabiendas que un aeropuerto es un aeropuerto. Ya no sabía si tenia que desayunar, comer o cenar, había perdido la noción alimentaria. Al pasar delante de un cartel que ponía BBQ, decidió merendar. Un “steak” de carne tejana. Mientras se lo comía se hizo un lío mental entre carne y tejanos que lo achacó al cansancio del viaje. Se fue hacia la terminal A, su categoría había cambiado, de internacional a doméstica, como si estuviese en casa. A las siete volvía a subirse a un avión, esta vez con destino a Denver, donde llegaba una hora y media más tarde. El vuelo 147 de Frontier Airlines había estado algo movido debido a las turbulencias atmosféricas pero las ansias por llegar lo mitigaban todo. En la capital del estado de Colorado, tuvo que correr, tenía media hora para la siguiente conexión. Cuando subía al pequeño bimotor de hélices, recordó como murió John, John Denver y de nuevo lo atribuyó al cansancio.
Eran las diez menos cuarto de la noche, cuando aterrizaba en el aeropuerto municipal de Cheyenne. Suspiró aliviado. Se encontró la oficina de Hertz cerrada. Suerte que había un teléfono de emergencia y tras unos minutos de difícil conversación le dijeron que un “guy” le traería las llaves y el contrato. Él tenía su spanglish que había adaptado algo para entenderse con los pedantes ingleses, en Tejas, ya le había servido, pero aquí, en el estado de Wyoming todo le sonaba a indio. También se puso en contacto con el motel donde pensaba dormir. Les comunicó que llegaría tarde, muy tarde, tenía 306 millas por delante y un solo objetivo, llegar.
Casi a las once de la noche salía con un gran Chevrolet Trailblazer, y gracias al navegador, se situaba en la interestatal 25 que no tenía que abandonar las siguientes 176 millas. Pasado el pequeño pueblo de Chugwater, paró a tomar café. Hambre no tenía. Absorto en la sola idea de llegar no se dio cuenta de las miradas que le echaron los lugareños, nada envidiables a las que había visto en múltiples películas de la “América profunda”, pero claro, donde estaba sino en lo más profundo de ella. Tras repostar, reprendió la marcha. Para entretenerse, puso la radio, no estaba habituado a la aburrida conducción de los coches automáticos, pero encontró una emisora de música country, canturreaba las canciones, aunque no las supiese y daba golpecitos con los dedos sobre el volante. Dejó atrás Wheatland, Glendo, Douglas, Glenrock y Casper, donde esbozó una tierna sonrisa. Allí abandonó la interestatal para incorporarse a la autopista 20/26 oeste. Se sintió cansado y paró a estirar las piernas. El aire era gélido. En Shoshoni sabía que ya estaba muy cerca, solo unas 30 millas. Y llegó, eran las cinco y media de la madrugada.
El motel que había escogido, el Coachman Inn, estaba cerca del centro de Thermopolis, en el condado de Hot Springs, y era justo lo que había previsto, un edificio de una sola planta. Mientras se dirigía a la recepción pensaba en la “king bed” que le esperaba. Allí, sobre el mostrador, encontró un sobre a su nombre con las llaves de la habitación 11. Se duchó, lavó los dientes y se metió en la cama. Antes de cerrar los ojos, pensó que un terapeuta creería que lo que había hecho era como una especie de viaje al vientre de su madre, pero de nuevo lo atribuyó al cansancio. Lo había hecho sobre, debajo, y encima, pero nunca, nunca dentro. Memorizó los límites del condado y cerró los ojos. En su cabezá empezó a sonar "I walk the line".



